Iñaki Sagredo
Navarra fue tierra de victorias y de derrotas; estas últimas, las más de las veces, las de los propios naturales; con héroes y heroínas que fueron olvidados por el silencio de los vencedores.
Si los profesores de su historia recuerdan los nombres de algunos de los suyos, como el Duque de Alba o Valdés, nosotros podemos decir con orgullo que, entre los nuestros y muy a menudo, se mencionaban los apellidos ilustres de los Jaso, Velaz de Medrano y, cómo no, el de Pedro de Navarra, que prefirió morir encerrado a obedecer a un rey que le exigía arrepentimiento.
Debo decir que de entre todas las derrotas, y sufrimos muchas, hay una que dolió más de la cuenta. Puede el lector pensar en Noain, Amaiur o Atapuerca, pero no es ninguna de estas. En la derrota poco conocida a la que me refiero no hubo muertos ni heridos, aunque hay que adivinar que alguno pagó cara la ofensa.
En aquellos años en los que la marca Navarra sobrevolaba con orgullo por la hoy Rioja Alavesa y la localidad de Laguardia hacía honor a su nombre protegiendo la entrada al reino, un pequeño castillo roquero llamado Buradón defendía con lealtad una frontera donde el asedio castellano era tan constante que en los documentos no faltaron las peticiones de auxilio a los reyes navarros.
Corría el año 1410 y las huestes del viejo reino aguantaban las embestidas castellanas en este lugar. Desconociendo el peligro, un carro con cubas de vino que provenía de Salinillas se dirigía al castillo para llenar sus bodegas. El vino, el carro y las bestias fueron robados por los castellanos de Haro ante la mirada atenta de los defensores del castillo, que no daban crédito a lo que veían sus ojos.
Mucho tuvo que gritar el alcaide del castillo para evitar que sus hombres se abalanzaran a defender el preciado tesoro y abandonaran tan importante defensa. No era de extrañar el desaliento. Ni banderas, ni reyes, ni tratados. El vino era tema suficiente para arriesgar la vida.
Esa noche, desde los riscos de Bilibio, se escucharon las risas de los vencedores y las desgracias de los vencidos. Es triste que después de seiscientos años se siga celebrando tan terrible perdida con la famosa “Batalla del vino de Haro”, en la que los de Haro y Salinillas rememoran tan desgraciado hecho sin saber que esa tradición procede de tan singular batalla.
El valiente alcaide, que respondía al nombre de Juan Martínez de Ziordia, se tragó el orgullo, perdió el vino y mantuvo la defensa de esa parte del reino sin caer en la provocación de Castilla que, atendiendo a lo preciado del líquido arrebatado, no fue pequeña.
Por ello, el día que visité esas ruinas no bebí agua sino un buen sorbo de vino en memoria de aquellos valientes.
Hay una parte de la historia de Navarra que desconocemos y que no miente. Resurge de los manuscritos que se guardaron durante siglos, escritos con letra paciente de escribano que, a menudo, no sabía de política. Sólo las malas intenciones de algunos y el interés personal de otros cambiaron el guión de los acontecimientos.
Castilla sigue celebrando ese triunfo. Y el de Atapuerca. Y el de Hondarribia. Va siendo hora de que los navarros empecemos a celebrar los nuestros. Por lo menos para enseñar nuestro orgullo.