COMPRAR EL PERIÓDICO

Víctor Moreno (Escritor y crítico literario)

 

La servidumbre de comprar un periódico puede convertirse en un acto ideológico contradictorio. El periódico nos ha acostumbrado a mirar la vida de un forma determinada y es muy difícil reconocer que nuestras ideas y nuestra manera de interpretar la realidad dependen, en parte, de dicha lectura cotidiana. Ello ocurre especialmente cuando una persona lee solamente un periódico. En contadas ocasiones seremos capaces de reconocer que el periódico que leemos moldea nuestro pensamiento e influye en nuestras decisiones.

Nos consideramos tan dueños de nuestros propios destinos que aceptamos sin pestañear que las ideas que “tenemos” –o nos tienen- son nuestras, fruto de nuestra inalienable voluntad y libertad. Consideramos que nadie nos las ha impuesto, ni nadie nos las modifica o las orienta en una determinada dirección. La mayoría de nosotros flota sin duda en una nube de beatífica ingenuidad. Porque nuestras ideas, al no ser originales  -en realidad, ninguna de las ideas que adornan nuestro cerebro lo son- están al vaivén de los ciclos menstruales ideológicos de quienes controlan y ordenan nuestras vidas, que es lo mismo que decir que de aquellos que son dueños de nuestros estómagos o, si se quiere, dueños de nuestras conciencias, que es como algunos llaman eufemísticamente al buche.

En posesión de una estimable porción de prejuicios ideológicos, que es, en definitiva, en lo que convertimos las ideas propias y ajenas, hay quienes afrontan la compra de “su” periódico como un ritual mediante el que sacralizan alguna seña de una hipotética identidad personal y, en algunos casos, de cierta identidad colectiva. De tal modo que habrá individuos que, por el hecho de hojear “El País”, se consideren más constitucionalistas y demócratas que los leones de las Cortes o que, al legañar “Abc”, uno se vea ungido por los vagidos más inefables de la monarquía española; o que, al leer GARA, uno se crea adornado por el abertzalismo radical más eufórico. Pero todos sabemos que los motivos que nos llevan a leer un determinado periódico son más variopintos que todo eso.

En realidad, lo que de verdad importa en esta historia no es el acto de leer un periódico, sino de comprarlo.  Cuando leemos un periódico, no estamos  aprobando un pensamiento o una línea ideológica identitaria del periódico o nuestra. Esa validación es anterior al acto de la lectura: la realizamos cuando compramos el periódico. Porque comprar un periódico sí constituye un hecho ideológico de primer orden. Con nuestra inversión cotidiana en un determinado periódico estamos dando vida a un grupo mediático que, relacionado íntimamente con otros monopolios de dominio de la esfera pública, definen nuestro modo de vivir y, con ello, nuestro modo de consumir y, por tanto, de pensar.

Quede claro, por tanto, que no es lo mismo leer que comprar un periódico. Las implicaciones ideológicas, y sobre todo económicas, que de ambos hechos se derivan son muy distintas y de muy diferente alcance.

De acuerdo con esta premisa, fácilmente se comprenderá que el comportamiento de cierta izquierda, en relación con la compra de periódicos, resulta cuando menos paradójica. Extraña su finura a la hora de analizar ciertos fenómenos sociales y políticos, y, luego, muestren tal grosería analítica en un hecho que les va parte de su existencia como grupo.   Por ejemplo: ¿cómo puede afirmar alguien de izquierdas que compra el Diario de Navarra para “enterarse de lo que pasa en Navarra”? La frase es aterradora. Para empezar, lo que pasa en Navarra no es lo que pasa en el Diario. Y para seguir, comprar dicho periódico es contribuir precisamente a que en Navarra se sigan leyendo las cosas que pasan en Navarra según quieren y desean unas fuerzas políticas y económicas,  que, representadas por el periódico en cuestión, son las más reaccionarias del Estado. Ningún periódico resulta peligroso por la verdad que nos cuenta, sino por la manera que nos acostumbra a acceder a aquélla. Tanto es así que llegará un momento, peligroso momento, en el que solamente aceptaremos como verdadero lo que nos cuente dicho periódico.

Está bien que la izquierda se muestre tan sensible y gaste sus energías en trabajar por los más desfavorecidos, pero ya no lo es, que invierta un euro cada día en un periódico que es su enemigo natural.  Es todo un despropósito. Es como decirle: “Ahí va un euro, para que sigas machacándome cada día que pasa”. 

Quizá sea sectario –en realidad, en ningún momento he dicho que no lo sea-, pero me atrevo a sugerir que un compromiso ejemplar, que no debería faltar en la agenda de un sujeto de izquierdas, es no comprar el Diario de Navarra. Leámoslo cuanto sea preciso, incluidas sus morbosas esquelas, pero, por favor, ni un euro, aunque sea falso, a sus arcas.  Sabemos que el masoquismo ha sido patrimonio histórico de la izquierda. Bueno, pues ya es hora de que empecemos a sacudírnoslo de encima. No comprar el Diario puede ser el comienzo de una nueva etapa.

  

Nabarralde