El
euskara, eslabón entre prehistoria e historia
José
Luis García de Falces
En un viejo caserón, en un armario empotrado, encontré hace muchos años,
un extraordinario del Diario de Navarra, de fecha 26 de febrero de 1928, editado
con motivo de las bodas del plata del mismo. Entre sus artículos leí uno que
llevaba por título “El euskera en Navarra”, firmado por D. Miguel
Intxaurrondo, profesor de euskara.
Comparar después de 75 años la problemática del euskara de ayer con la
actual ha motivado estas líneas.
Por aquel entonces, una entidad llamada Euskeraren Adiskideak, fundada
por un grupo de hombres de buena voluntad (según rezaba el preámbulo de
sus Estatutos), y que contaba con mil socios, luchaba por la conservación del
euskera sin otro apoyo que el de su entusiasmo -como hoy-. Nafarroa den gure
lurralde honetako ondarerik baliotsuena, poliki, poliki, baina eten gabe
ezkutatzen ari da (uno de los tesoros más preciados de nuestra querida
tierra Navarra va desapareciendo lenta pero constantemente). Esto lo firmaban
hombres que dejaron huella, como José María Huarte, Ignacio Baleztena, Remigio
Múgica, Bernardino Tirapu y otros.
El euskara seguía retrocediendo y había de sufrir nuevas vicisitudes
que acentuarían su retroceso hasta nuestros días.
Corramos un velo a estos años y situémonos en 1962.
En esta fecha, la Sociedad de Amigos del País, de Pamplona, (Iruña’ko
Euskalerriaren Adiskideak), funda la primera Ikastola, de la que saldría
posteriormente la San Fermín y Paz de Ciganda, con más de un millar de
alumnos. La Diputación Foral, de entonces crea el Patronato de Fomento del
Vascuence bajo cuyo patrocinio funcionaron 15 ikastolas en aquellos tiempos.
Sin embargo, el euskara sigue despreciado, como cosa inservible en la
conciencia de una gran parte del pueblo euskaldun, y es precisamente ahí, en el
seno de las familias vascoparlantes, donde hay que influir, presionar, para que
el legado que les dejaron sus mayores no sea inicuamente dilapidado.
La ignorancia, la presión social, el escaso conocimiento del verdadero
tesoro que constituye la lengua vasca, hace que el euskara sea olvidado con la más
penosa negligencia. (Lo digo para los euskaldunes que no enseñan a sus hijos su
idioma materno).
Por eso, hacer llegar al navarro, sea euskaldun o no, la verdadera
magnitud de nuestra lengua, la admiración y respeto que les merece a tantos y
tantos filólogos de prestigio universal que lo han estudiado con deleite, es un
deber y una responsabilidad.
Samuel Welles, observa que la prehistoria y la historia de la humanidad
acusan una solución de continuidad; que aparecen cortadas sin continuidad; su
cadena está rota; hay entre ellas -dice- un eslabón perdido. Welles
acarició la esperanza de que el idioma sumerio, de haber podido ser
reconstruido, nos hiciera el inestimable servicio de proporcionar aquel eslabón
perdido. Actualmente sólo se concibe esta aportación en la lengua vasca. Esta
consideración, permite evaluar la trascendencia de que el euskera se conserve
como lengua viva y vehículo de cultura; es depositaria de nuestro ser vasco en
la plenitud humana del concepto; eso debería ser bastante para nosotros; pero
puede ser además, el eslabón recuperado que permita dar continuidad a
la cadena de la vida, uniendo la prehistoria con la historia y acercando al
hombre a la naturaleza, que es la obra de Dios.
La Declaración de los Derechos del Hombre, obra esencialmente europea,
permite apreciar una acusada distinción. Aquella declaración, elaborada en
francés e inglés, enuncia derechos; sin embargo, vertida en euskera, proclama
deberes, condiciones esenciales en la naturaleza humana que el hombre y la
sociedad tienen obligación de cumplir.
El Decálogo no sólo establece el derecho a la vida, a la familia, a la
propiedad necesaria para subsistir, sino que ordena no matarás, no
robarás, etc. El euskara como el Decálogo enuncia deberes, no sólo
Derechos. Y no es el caso de que el euskera aprendiera aquella lección en el
Sinaí., porque es anterior a Moisés en muchos milenios. El euskara es,
simplemente, vehículo más auténtico, más ancestral que otros idiomas, para
conducir al hombre a la creación. Las restantes lenguas europeas se han formado
en la etapa histórica; conocemos su paternidad, podemos seguir la evolución
que produjo su actual fisonomía; en tanto que el euskara se realizaba en los
“laboratorios” de la edad de piedra. Podemos decir que el euskara, no tiene
data conocida...
El derecho a la vida, a la libertad, a la integridad personal, son en
euskara, como son en la conciencia del hombre, deberes. Por eso, al enunciarse
en forma de derecho en otras lenguas, se le añade el calificativo de
“irrenunciables”. Y estos deberes, no afectan tan solo al hombre en sí,
indudablemente considerado, sino que obligan a la sociedad humana entera.
Es pues a Navarra a la que incumbe que el legado que nos dejaron nuestros
antepasados, desde antes de la historia, como ejemplar único en occidente y que
milagrosamente ha llegado vivo a nuestros días, no se pierda en la
indiferencia, negligencia e incomprensión de quienes tenemos y tienen por su
responsabilidad el deber de conservarlo.
La niebla que envuelve el pasado eúskaro y humano, sigue sin develarse.
¿Tendrá que resucitar el filósofo Diógenes para recorres calles y plazas con
una linterna encendida, en pleno día, buscando al hombre que quiera dedicarse
al trabajo de descorrer la cortina de niebla que nos separa del conocimiento de
nuestros antepasados?
Algunos temen que el euskara, lengua y alma de un pueblo milenario, que
alguien dice que no ha existido, sea como escribiera Victor Hugo, una religión
y una Patria. El Pueblo Vasco. Euskal Herria, es decir, la Navarra entera.