Nabarralde

Ibarretxe y Navarra

Mikel Sorauren de Gracia

 Juan Cruz Alli ha afirmado que el denominado plan Ibarretxe –auspiciado por el presidente de la Comunidad Autónoma Vasca (C.A.V.)- es respetuoso con la Comunidad Foral de Navarra (C.F.N.). El socio de Gobierno de Alli, el presidente Miguel Sanz, se ha manifestado en sentido contrario. Es preciso conceder la razón a Sanz al respecto, aunque, paradójicamente, sea Ibarretxe quien pretenda respetar a la CFN y Sanz en ningún caso.

La razón de esta paradoja se encuentra en el propósito de Ibarretxe de atenerse a  un marco legal que, por principio, niega a Navarra el derecho a ser dueña de sus destinos. Ese marco legal viene impuesto  por un Estado que participa en el secuestro del Estado navarro mismo  y pretende configurar a  Navarra como parte propia. Se debe reconocer al plan de Ibarretxe –además de la honestidad de su proponente-  la virtud de haber suscitado la reacción más virulenta por parte de todas las instancias que se reclaman españolas, y eso a pesar de que sobre el papel el objetivo del plan esté muy lejos de pretender ninguna secesión y, menos aún, de la reconstitución del Estado vasco –Navarra, en  definitiva-. Y es que el espacio de tiempo que ha transcurrido desde la desaparición de Franco ha dejado en evidencia que en España –ni en las fuerzas políticas que configuran el actual Estado español- no existe ninguna voluntad de renunciar al estado centralista. Las autonomías se han revelado como un gran fraude. Se concedieron de una manera forzada con el fin de dar salida a una situación insostenible y el propósito no confesado de recuperar a medio plazo lo que las circunstancias excepcionales obligaban a ceder. Así fue saboteado el Estatuto de Gernika, porque España entendió constituía el inicio de un camino que llevaría inexorablemente a la independencia; independencia que en absoluto podía derivar de dicho texto.

Esta actitud del Estado español representa para el plan Ibarretxe el condicionante más insuperable. En definitiva aquí se encuentra la raíz del conflicto que se arrastra a lo largo de los siglos; porque la causa de la tensión entre el Estado español y Euskal Herria deriva únicamente  de los esfuerzos realizados por el primero para ahogar la resistencia de los navarros –ciudadanos políticos de Euskal Herria- que buscan recuperar la libertad en el marco de un Estado propio, en la actualidad sometido.

Ibarretxe no busca romper esta imposición y su proyecto traiciona su propósito de que sean los vascos quienes puedan decidir su futuro. La denominada autonomía  se ha revelado como un inadecuado paliativo para las aspiraciones soberanistas. Parece difícil que España pueda aceptar otras fórmulas como la simple federación o cualquier status de asociación que traspase de un modo efectivo la capacidad de decisión a los vascos. No obstante, la limitación más seria de Ibarretxe es su renuncia a la territorialidad bajo la presunción de que el éxito de su propuesta en la C.A.V. arrastrará al resto de los fragmentos de Euskal Herria y, más aún, el reconocimiento de la fragmentación de facto del Estado navarro.

Da la impresión de que la actual situación en la que se encuentra este Estado navarro es resultado de la voluntad de los navarros mismos y no de una violencia histórica y permanente, que ha llevado a su desestructuración, tal y como aparece en el momento presente. El proceso de sometimiento del Estado navarro culmina en 1512 con la conquista del territorio de la denominada Alta Navarra. No es ésta sino un fragmento del antiguo Estado, hoy reducido a provincia y comunidad autónoma de España, la C.F.N..  Desde la mencionada fecha de 1512, esta parte del Estado navarro ha sido objeto de un proceso de desmantelamiento institucional por parte de España, a pesar de que se guardaron las apariencias mediante el mantenimiento sobre el papel de la Constitución de Navarra –los Fueros- siempre mal tolerados por la Corona y Estado español. La ley española de 16 de Agosto de 1841 –“paccionada”- desmonta definitivamente las instituciones soberanas del Estado navarro y declara que la única soberanía que existe en Navarra es la española. Tampoco esta ley “paccionada” –por algunos tan enaltecida- será bien vista desde la soberanía española. Hija de una situación conflictiva, únicamente fue aceptada por los gobernantes españoles como mal menor. Ni qué decir tiene que fue cuestionada desde el principio por parte de España y la defensa de sus competencias residuales por parte de Navarra se hizo desde una posición de inferioridad, mientras el paso del tiempo las ha disminuido y dejado reabsorbidas en un Estatuto de Autonomía.

Será necesario recordar que el proceso de degradación de la Soberanía de Navarra dio lugar a la denuncia permanente por el Pueblo e instituciones navarras cuando quedó claro que España no estaba dispuesta a cumplir ninguno de sus compromisos. Éstos siempre fueron resultado de situaciones excepcionales y dirigidos a doblegar la repugnancia de los navarros frente a las imposiciones españolas. Todos los cambios que ha ido imponiendo España han sido acompañados de fuerza militar. Es esto cierto por lo que se refiere a la conquista de 1512, el desmantelamiento institucional de 1841 –Guerra carlista-, la Gamazada -1893- ...  y, desde luego, 1936. En ninguna de estas ocasiones se consultó a los navarros sobre las modificaciones de que fue objeto el status de Navarra. Afirmar hoy en día, como afirman algunos, que Navarra habla a través de las elecciones, constituye una manera artera de impedir que los navarros se definan. Artero fue igualmente el proceso que llevó al denominado Amejoramiento tras la desaparición de Franco, acuerdo entre bambalinas de los franquistas y sedicentes demócratas. No lo impulsó sino el propósito de mantener el status que se había impuesto en Navarra a raíz de 1936, marginando y reprimiendo a los sectores del Pueblo navarro que reclamaban la recuperación de la soberanía arrebatada. Una vez más se hurtó el debate y la decisión mediante la creación de una situación confusa en la que, finalmente, los impulsores del proyecto actuaron al dictado de Madrid. España  consiguió con ello que se reconociese su soberanía y los mentores del Amejoramiento el poder y las prebendas en el denominado gobierno de Navarra.

En estas circunstancias hablar de voluntad de los navarros revela ingenuidad o sarcasmo. Ingenuidad cuando se acepta el marco jurídico español. Es España quien impone el marco de lo que sea Navarra de una manera arbitraria, a la que fragmenta e impide manifestarse con voz propia y exclusiva. Sarcasmo, porque nunca –y hoy en día tampoco- España se ha creído en la obligación de reconocer la voluntad de los navarros como criterio válido a la hora de organizar nuestro Futuro. Uno de los pensadores liberales más consecuentes, el inglés Locke, considera la capacidad de decisión de una colectividad sobre sus destinos –autodeterminación- como un derecho imprescriptible. Ningún estado tiene el derecho de imponerse a otro mediante la fuerza. Caso de que lo haga incurrirá en delito de agresión, su autoridad sobre el Estado dominado constituirá una usurpación de la soberanía y si modifica la constitución del Estado agredido incurrirá igualmente en la tiranía. Estos tres supuestos se dan en el caso de España con respecto a Navarra, desde el momento en que la tiene sometida por la fuerza militar, ha sustituido el poder originario de los navarros por el suyo propio y, finalmente, ha modificado la Constitución navarra, asimilándola a la española.

España de manera manifiesta niega en su Constitución el derecho de los navarros a la autodeterminación y amenaza con la fuerza militar como última razón. Entre tanto, violenta la voluntad de los navarros mediante el conjunto del sistema institucional imperante; instituciones, leyes y administración en sus diversas ramas. Todo este conjunto es reafirmado con la instrumentalización de la cultura, dirigida a erradicar las señas de identidad de Navarra y, particularmente, de los medios de información que buscan aterrorizar a los navarros con el fin de que éstos teman un proceso en el que se pueda conseguir la independencia del Estado navarro. En estas condiciones es obvio que los navarros no vamos a poder decidir con libertad; ni van poder decidir libremente los habitantes de la C.A.V., ni nos van a dejar hacerlo a los de la C.F.N., por lo que el plan Ibarretxe no tendrá la capacidad  de dar la voz a los vascos siempre que tenga la intención de acomodarse a la legalidad española.