Navarra nación
Fernando
Carlos Sánchez Aranaz. (Junio 2.003)
Euskal
Herria es un país pequeño y, al final, acabamos conociéndonos todos a poco
que uno tenga interés en meter la nariz donde no le llaman; en otras palabras,
teniendo un mínimo de espíritu cotilla. Así, ya resulta difícil sorprenderse
de algunas trayectorias, como aquella, pongo por ejemplo, que va desde el
marxismo-leninismo, enraizado en unos orígenes del más recio falangismo
ribero, hasta el PP, pasando, como es lógico, por el PSOE, tras la renuncia
‑vade retro‑ a aquello que se llamó Euskadiko Ezkerra; u otra que
empieza en el comunismo y, esta vez sí, pasa por EE, a pesar de considerar su
protagonista a sus seguidores como “pequeño‑burgueses”, para acabar
en el agradecido funcionariado autonomista. No sigo, porque al fin y al cabo
cada uno tenemos lo nuestro.
Viene esta digresión a cuento de un artículo de Ángel Pascual (EL PAÍS,
edición País Vasco, 23-05-2003) titulado “El imposible nacionalismo
navarro”, en el que el autor, que también, como es lógico, tiene su propia
trayectoria, posee la virtud de hacernos pensar en unas cuantos cosas, al margen
de que estemos de acuerdo o no con sus planteamientos.
Debo
confesar que al leer el título, supuse que se referiría a la supuesta
imposibilidad de articular alguna corriente política favorable a la consideración
de Navarra como nación. Craso error. Aludía a la imposibilidad para la Unión
del Pueblo Navarro, la sucursal navarra del Partido Popular, de constituirse
como partido nacionalista navarro. Naturalmente. Para ser nacionalista, la
principal premisa es considerar a algo como nación y para UPN aquí no hay más
nación que España, luego en todo caso estaríamos hablando de un partido
nacionalista español, o, con mayor precisión, de la sucursal regional de un
partido nacionalista español, es decir, el PP.
Personalmente considero que Navarra es una
nación, pero no me considero nacionalista. Estoy de acuerdo con Pascual cuando
afirma que un partido nacionalista necesita “un enemigo en el que reconocerse
de forma continuada”. Esa ha sido la trayectoria del nacionalismo aranista y
la del nacionalismo español, basados ambos en la construcción como naciones de
entidades que antes no lo habían sido. Para unos Euzkadi, una supuesta
confederación de comunidades forales dotadas de una suerte de independencia
originaria. Para los otros España, considerando éstos a lo que no era sino una
amalgama de territorios sometidos por Castilla a lo largo de la historia, más o
menos cohesionados por el centralismo posterior de la monarquía y del
franquismo, como una unidad avant la lettre, “unidad de destino en lo
universal”.
En el caso de Navarra no podemos hablar de
construcción de ninguna nación, porque ésta ya existe, bien es verdad que
mutilada y cercenada en su territorio y su soberanía. Navarra es hoy un
territorio residual con una soberanía también residual, por eso no resulta
propio hablar de construcción de la nación navarra, sino en todo caso de su
reconstrucción.
Afirma Pascual que UPN, a quien define,
creo que con mayor propiedad, como partido regionalista, nació “en
1979, lo que ya se sabe, como escisión de la UCD por considerar que éstos eran
unos tibios en la defensa del régimen foral”. Suele decirse que no hay
peores mentiras que las verdades a medias. Hagamos memoria y repasemos la
hemeroteca.
La UCD se constituye en Navarra
fundamentalmente a partir de tres partidos que eran poco más que cuadrillas de
amigos, pero bien relacionados con los fautores de la llamada transición. El
Partido Demócrata Liberal de Jesús Aizpún, hijo del histórico Rafael Aizpún,
Acción Social Democrática y Foral, de Jaime Ignacio del Burgo, hijo del no
menos histórico Jaime del Burgo, y la Agrupación Popular Navarra, de José
Joaquín Sagredo.
Jaime Ignacio del Burgo en 1976 expresaba
(Punto y Hora de Euskal Herria, nº 11/15 septiembre 1976) que “sólo el
pueblo navarro tiene derecho a decidir si acepta o no la existencia de un poder
político supranavarro, intermedio entre Navarra y el Estado Español. Mientras
tanto sólo la Diputación Foral y el Consejo Foral, cuya representatividad
democrática confiamos sea plena en las próximas elecciones, constituyen los únicos
órganos propios de poder. No se olvide que cualquier alteración del
“status” de 1841 tan sólo puede hacerse mediante nuevo pacto suscrito por
la representación legítima de Navarra, encarnada por la Diputación Foral como
heredera y depositaria de la soberanía foral del pueblo navarro”.
Por su parte el autor del artículo de
referencia, Angel Pascual, actuando como portavoz del Comité de Navarra del
Partido Comunista de Euskadi, planteaba (Punto y Hora de Euskal Herria, nº
12/30 septiembre 1976) que “a partir de la conquista de las libertades habrá
de discutirse la vinculación o no de Navarra a Euskadi, federada ésta en el
Estado español. Los comunistas navarros defenderemos y batallaremos porque esta
integración se produzca en el futuro más o menos inmediato”.
En las elecciones
escasamente democráticas del 15 de junio de 1977, UCD obtuvo tres diputados de
los cinco que le correspondían a Navarra, los otros dos se los llevó el PSOE.
La debilidad, en Navarra, de las fuerzas favorables a la reunificación de los
cuatro territorios peninsulares de Euskal Herria, sorprendió a todos, puesto
que su presencia social había sido incomparablemente mayor. Eso, unido a la
nefasta actitud prepotente del nacionalismo vasco y a la sombra de ETA, supuso
el pistoletazo de salida para el soi-dissant navarrismo, que no es sino
nacionalismo español, cuya tarta en Navarra, como en el pasado, acuerdan
repartirse liberal-conservadores (UPN) y liberal-progresistas (PSN).
La oportunidad para
ello se presentó con la inclusión en la constitución de 1978, mediante una
negociación entre Adolfo Suárez y el PNV, de la disposición transitoria
cuarta, que contemplaba la posibilidad de incorporación de Navarra a un futuro
ente autónomo vasco. En desacuerdo con esto, Jesús Aizpún abandona en 1979 la
UCD y funda Unión del Pueblo Navarro. Las elecciones de ese año le dan un escaño
en el Congreso de Madrid, que arrebata no a UCD, que mantiene sus tres escaños,
sino al PSOE. En las elecciones al Parlamento de Navarra celebradas poco después,
triunfaría también UCD, siendo nombrado Jaime Ignacio del Burgo presidente de
la Diputación Foral, todavía no era Gobierno de Navarra. Tendría que dimitir
en 1980 por una acusación de prevaricación, de la que en 1984 sería exculpado
por los tribunales. Entremedio, en las elecciones de octubre de 1982, la UPN de
Aizpún, coaligada con la AP de Fraga Iribarne, conseguiría dos diputados, por
tres del PSOE, no obteniendo representación UCD, que se desmorona. De esa
manera, Jaime Ignacio del Burgo recalaría en UPN, que más adelante se
conformaría como la sucursal navarra del Partido Popular.
Hoy podemos afirmar que ambos proyectos,
los enunciados en 1976 por Jaime Ignacio del Burgo y por Ángel Pascual, han
fracasado. El primero al no haber conseguido alcanzar el objetivo último de
toda acción política que, más allá de victorias coyunturales, no puede ser
otro que resolver los conflictos existentes sin generar otros nuevos, eliminar
la injusticia y conseguir el bienestar material y espiritual de todos los
ciudadanos, sin excepciones de ningún tipo. A la realidad me remito. El segundo
porque el planteamiento de “integración en Euskadi” obviamente resulta
ajeno a la voluntad navarra.
A mi juicio, ha llegado el tiempo de forjar nuevos retos y enmendar viejos errores, llevando las aguas al cauce del que nunca tenían que haber salido, que no es otro que el de la reconstrucción nacional, política y territorial del Reino de Navarra. Ni entes supranavarros, puesto que el sujeto político es Navarra, ni inclusiones de Navarra en nada, sino reconocimiento de que todos los vascos somos navarros.
Fernando Carlos
Sánchez Aranaz. (Junio 2.003)