Navarra y los navarros

 Erlantz Urtasun*

Civilizaciones, estados, naciones, comarcas, valles,… Que si concejos, cendeas, por no hablar de merindades en el intrincado laberinto foral. Las reflexiones en torno a nuestra territorialidad y personalidad no son extrañas en el país… ¿Cómo le cuentas a uno de Frankfurt en visita a Durango qué pintaba la bandera roja de las cadenas ondeando en solitario en el ayuntamiento de Elorrio el 3 de diciembre? Habría que empezar por hablar de Francisco Xabier, Amaiur, 1512, 1200,…

 Da la impresión, al repasar textos de nuestros antepasados, que la relación entre ser navarro y hablar el idioma que Sancho el Sabio llamó “la lengua de los navarros” era una realidad evidente para los que vivían aquí, algo que para ellos no necesitaba ser explicado, de manera que tomaron la decisión, consciente o no, de llamar a su país de la misma forma que a lengua y pueblo: Navarra.

Para explicar el largo proceso por el que estos nombres se popularizaron entre nosotros, debe tenerse en cuenta la posibilidad de encontrarnos ante la aceptación de palabras utilizadas a nivel internacional para definirnos. Tampoco sería algo tan extraño. Que se lo pregunten a los magiares, más conocidos como húngaros, o a los inuits, desgraciadicos esquimales. Por no hablar de germanos y alemanes, Breizh y Bretaña, Alba y Escocia o perlas bearnesas, gasconas, occitanas, asturianas, aragonesas, catalanas, gallegas y demás lusitanas.

 Y luego la metamorfosis, con su nieto el olvido. Cuando Francia se merendó lo que quedaba de Navarra independiente, allá por 1620, cien años largos después de lo de 1512, más del diez por ciento de los vecinos de la ciudad de Tudela eran ciudadanos navarros nacidos en la zona aún libre. Hoy los llamaríamos bearneses, bajonavarros o, en general, simplemente franceses. Los riberos de entonces, en cambio, ni se sabe con qué penica les mirarían… Con lo bien que se vivía antes sin inquisición, sin funcionarios ajenos, sin expulsión del que vivía en la casa de al lado, aquel amigo tan majo que un día se llevaron para siempre por, decían, ser judío, ser moro, ser distinto. Y nosotros que nos llamábamos navarros, sin reparar en religión u origen siempre que las personas se integraran en el ambiente del pequeño infinito pirenaico…

 Con qué sencillez explicaban las cosas los mismos tudelanos hacia 1540; aquel agricultor de 28 años, Pedro Petillas, que sabía leer y escribir, el que nos dejó para la posteridad su hermosa rúbrica durante un pleito en el que afirmó sin rubor que un veterinario zamorano residente en la capital ribera “no sabe hablar ni entiende vascuence porque es natural castellano […] por no entender suele buscar un intérprete y que en ello pasa trabajo y que por ello le vendría muy bien saber hablar vascuence para recibir a los que van a su casa”. Vascuence, euskara, la lengua de los navarros, la que en el mismo documento judicial es definida por los riberos como “la lengua de la tierra”.

 También mueve a la reflexión el texto redactado en Castilla por Dámaso de Frías durante el mismo siglo XVI: “los vizcaínos, como gente que de nadie confiesan haber sido jamás vencidos ni sujetos […] dicen que eran navarros, que debajo de este nombre estaban y se incluían”.

 No es de extrañar, por tanto, que un ilustre vizcaíno, Anacleto Ortueta, escribiera hace setenta años “desde la caída de la independencia de Navarra han transcurrido largos y tristes días para el pueblo vasco […] la influencia castellana separó Vizcaya, Alava y Guipuzcoa de su tronco, igual que la francesa incidió en los territorios del norte; si políticamente los reyes de Navarra mantuvieron la aspiración de la unidad nacional, en otra esfera, aunque sin efectividad suficiente para reaccionar contra la destructora labor de las clases dirigentes de las regiones desmembradas, la mantuvo también el pueblo, que nunca ha olvidado que la palabra “euskaldun” significa que quien habla su mismo idioma es su connacional. Únicamente la lengua seguía uniendo al vasco a través de las fronteras que sus enemigos edificaron dentro de su reducido territorio”. 

Y concluía, demoledor, “un fraccionamiento en la organización de gobierno entre nosotros produciría una profunda depresión en nuestras gentes, al ver esfumarse en el horizonte, después de haberla considerado enfocada, la luminosa imagen de la libertad nacional. Careceríamos, además, de suficientes posibilidades de equilibrio económico. El problema creado por ese desequilibrio absorbería lo mejor de nuestras energías, y no nos sería posible resurgir. Si eso sucediera, fatalmente se suscitarían diferencias de criterio entre Navarra y “las Vascongadas”. Estas diferencias alejarían más y más entre sí a las clases populares de ambas comarcas, y ensancharían y profundizarían, hasta convertirlo en abismo insalvable, el foso que entre ellas ha labrado el imperialismo toledano”. Si no me equivoco, a ésto le llamó Telesforo Monzón “el jarrón roto”. 

O como señalaba Ildefonso Gurruchaga desde Buenos Aires, en texto que aquí traducimos, “destacan claramente los esfuerzos de los soberanos navarros por defender su país, así que quienes luchamos por lo nuestro haríamos bien en aprender la enseñanza de cómo perdimos el estado de Navarra”. Algo que se concreta en la frase tan escueta de Juan Maria Olaizola al resumir que “somos navarros, yo soy navarro, nacido en Irun”.

 Lo que venimos a decir es que quienes murieron el 30 de junio de 1521 en la llamada batalla de Noain, aquellos que dieron su vida para que, sin saberlo, nosotros tuviéramos una oportunidad en 2003, eran lisa y llanamente navarros, ciudadanos navarros de pleno derecho, ya fueran nacidos en Pau, Estella, al otro lado de Andorra o en Buñuel. Y, poca duda acerca de ello, básicamente se entendían en la lengua de los navarros. Cómo medir su conciencia. Pues qué quieren que les digamos, probablemente mayor que la actual. Así que para recuperar la memoria histórica como puente hacia un futuro mejor no queda otra que marchar a Getze, alias Salinas de Galar, cerquica de la capital navarra, el domingo 29. A mediodía empiezan los actos en la zona. Nos vemos.

  

* Historiador

Nabarralde