Ollarra
y Conte, tal para cual
Víctor
Moreno (Escritor y crítico literario)
Para
quienes no lo sepan, Rafael Conte es crítico literario y Ollarra, seudónimo de
J. J. Uranga Santesteban, ha sido director de “Diario de Navarra” durante
casi treinta años. El hecho de
aparecer juntos tiene una explicación pertinente: Conte acaba de reseñar en
las páginas de Babelia (29-XI-1979) el libro de Ollarra, titulado “Desd´el
gallo de san Cernin. Navarra”, quintaesencia de la mirada costumbrista,
tradicional y reaccionaria de su autor. En esta ocasión, hablaré de Conte,
porque no se ve todos los días el alma desnuda de un empalagoso y zalamero
integral. Leyendo su reseña, se comprende a Bernhard cuando decía que el
estado de quienes alaban sin medida es el de la gilipollez estructural. Pues
eso.
Sospechaba
hasta hoy que Conte era el crítico de literatura que más daño había hecho en
este país, tanto a la literatura como a la misma crítica. Pero, después de
leer su reseña dedicada a Ollarra, mi sospecha se ha convertido en certeza:
Conte es lo peor que le ha pasado a la crítica literaria desde los años
sesenta. Y no se entiende que un individuo como él haya adquirido la
consideración que ha tenido en ciertas editoriales. Supongo que, dado su poder
mediático a lo largo de su andadura, sólo el miedo a sus reseñas explicaría
el comportamiento de las editoriales y de ciertos escritores, siempre cobardes y
sumisos ante los desmanes del crítico con tal de recibir sus deplorables y mal
fundados elogios.
Desde
luego, la glorificación que hace de Ollarra es pura baba sintagmática. Y lo
peor de todo, ni es reseña, ni, menos aún, crítica. Es pura hagiografía
hecha por un ex falangista a un individuo que sobre todo ha sido franquista, por
mucho que se quiera adornar su personalidad con adjetivos como “caballero
conservador, liberal, franquista relativo, resignado y crítico, colaborador demócrata
con UCD, los socialistas y UPN, lejos del PNV y de sus aliados” (Conte, “Un
supervivente (sic)”, Babelia, 29-XI-2003). Que se sepa, a un individuo con
tantos cambalaches en su haber se le llama chaqueta vuelta, o, más finamente,
camaleón.
En
realidad, la reseña sirve más para describir a Conte que al propio Ollarra
que, a estas alturas, nadie nos va desvelar cómo es este “caballero
conservador” –qué risa- y que ha sido, aunque él nunca lo diga, brazo
derecho del fascista Garcilaso, cerebro del golpe militar contra la II República
y entusiasta de la depuración de todo lo que se moviera a su izquierda.
Para
quienes no conozcan a Rafael Conte recordaré que en su “larga, infructuosa y
desarraigada existencia” (Conte dixit), Pamplona fue un lugar importante en su
vida. Pero Conte no dice nada de lo que hizo precisamente en Pamplona durante
esos veinte años, de 1939 a 1959. Y mira que ha tenido tiempo de decirlo. Ni
siquiera en su autobiografía El pasado imperfecto se atreve a soltar
prenda alguna. Parece como si le diera vergüenza recordarlo.
Y
bien, ¿qué hacía Conte en esa década? Pues, entre otras cosas, ejercer de
falangista. Y así, en la revista falangista Leyre, de la que era
redactor jefe, al escribir sobre el Ulises de Joyce sostiene: "Hay
veces en que la obscenidad de la novela es verdaderamente repugnante. En
realidad es deseable creer en la diferencia de caracteres del sajón al latino
para hallar el camino a una posible y superficial disculpa". Al final de su
extensa homilía, dirá "porque en el vacío está Dios, esperándonos
(…) Los caminos que recorre la gracia de Dios son insospechados. Esa es la
respuesta a Ulises. La gracia de Dios, que el mismo señala, presente siempre
aunque sea involuntariamente en la última fibra del cerebro humano, y del alma,
y de todo el mundo, contra el que parece querer luchar" (Leyre,
revista universitaria. Número extraordinario, Pamplona primavera 1958. Editada
por la Jefatura provincial del SEU de Navarra y dirigida por Rafael Conte).
Al
reseñar La ópera de dos centavos, de Bertol Brecht, mostrando su
juvenil valentía de creyente en José Antonio, afirmará: "Los escritores
comunistas -Koestler, Gide, Silone- si de verdad son escritores, abandonan en un
momento dado su error político. Con Brecht no ha sucedido esto, mas cabe
sospechar que le faltó muy poco" (Leyre, Nº 5, enero febrero
1958).
Con
estos antecedentes, no extrañará que, con el tiempo, y ya en las páginas del
suplemento de El País, Arte y Pensamiento, ejerciera de inquisidor,
escribiendo uno de los textos censores más insólitos (“Historia estalinista
de la literatura”, 22-IV-1979), que se conocen en la crítica literaria de
estos cuarenta años, contra un manual de historia de la literatura, escrito por
Puértolas, Zavala y Blanco Aguinaga, defensores de un marxismo interpretativo
de la literatura. Lo llamativo del asunto es que el periódico de Cebrián, en
estos momentos director de El País, permitiera tales exabruptos
inquisitoriales.
Dice
Conte que su vida ha sido “larga e infructuosa”. Quizás, eso se deba a que
nunca renunció a convertirse en censor de lo que hacían los demás, lo cual
agota mucho y evita mirarse dentro de uno mismo. Algo parecido le sucede a
Ollarra, pero éste, que sepamos, nunca ha considerado estar ante una tarea
infructuosa. Al contrario, es su razón de ser y de existir: censurar todo lo
que no se ajuste a su sentir de “caballero conservador, liberal, y franquista
relativo”.