El juego de la partitocracia

Pedro Esarte Muniain (Historiador)

             Tras las vicisitudes que llevamos viviendo desde la muerte del caudillo, una de las conclusiones a que nos puede llevar cualquier análisis desnudo de intoxicaciones partidistas es que partitocracia no es igual a democracia, y que nos hallamos en una formulación de la primera, que no es democráticamente correcta.

            Más aún, los partitócratas que aceptaron la fórmula proveniente de los herederos del franquismo ni siquiera jugaron sus bazas, bien porque no quisieron o porque no supieron interpretar sus consecuencias. Los ejemplos, con hechos concretos acaecidos, son más descriptivos que cualquier libro de principios. Mi edad me proporcionó vivir la esperanza de cambios desde un régimen dictatorial o autocrático (como algunos gustan en llamar), a un régimen de libertades. Hoy, a casi tres décadas de aquellos primeros momentos, los resultados son decepcionantes.

            Los pasos tambaleantes del régimen, que dimos por buenos, fueron erróneos; el régimen, tal como lo auguró Franco, se sucedió a sí mismo. Creímos que se legalizó el partido comunista por el régimen, cuando fue el partido comunista el que legalizó la monarquía; creímos que había otras opciones que podrían desarrollarse posteriormente, y cuando el PSOE admitió la monarquía constitucional, lo que hizo fue aferrarse a ella, renunciando a los principios de sus fundadores y sacrificando los ideales de sus militantes que defendieron las tesis republicanas en las que creyeron. ¿Qué decir del nacionalismo? Los principios aceptados como logros ni siquiera hoy se han cumplido, y ya arrojan a sus adeptos al lugar de los judíos en la Alemania nazi.

            Pero el error no es de quien lo impone, sino de quien lo consiente. La bandera republicana es mostrada en el partido comunista de forma casi vergonzante. El PSOE consagra la constitución monárquica y militarista hasta extremos de asemejarla a la infalibilidad de la verdad de la iglesia. Los partidos nacionalistas se satisfacen con acuerdos políticos que no se cumplen o con convenios económicos que van contra las libertades de autogobierno al que aspiran.

            No existe autocrítica en este aspecto de ninguno de los partidos, razonando que los fines inmediatos justifican su actuación como medio. Los partidos de ámbito español, moldean sus conceptos en Euskal Herria, y lo hacen en función del voto en el resto del Estado español. Los nacionalistas reducen sus pretensiones y se condicionan a sí mismos para que sus posiciones puedan ser bien vistas, para no ser arrojados al infierno de los infieles.

            Medito sobre lo que escribo y me reafirmo en que no es un arranque de pesimismo lo que me lleva a ello, sino mi deseo de publicar lo que siento; la necesidad de una autocrítica general. Es una explicación de la situación actual tal como la veo. El partido gobernante gestiona mediante el autoritarismo, llevando el sistema hacia el partido único, tal como lo hiciera Hitler. Es la falsedad imperial de España, su grandeza y la de sus dirigentes, la que se alimenta y consume, subsistiendo del avasallamiento de sus súbditos. La que programan los visionarios de sus dirigentes. Y lo hacen acallando discrepancias con la sustentación de una verdad única e, irónicamente, con el apoyo de los partidos que se llaman opositores.      

La oposición no presenta ideologías propias. Acepta las que le otorga el PP, erigido en el Poder. Sus críticas sólo van al gobierno del momento, sin buscar el viraje profundo que rompa con 1000 años de Administración y gobierno de la población en razón de intereses de conquista y, por lo tanto, condicionados por lo militar. No es una afirmación fuera de tono ni de lugar. Ni gobiernos monárquicos, ni republicanos, ni dictaduras, han dejado de supeditar el gobierno y Administración del pueblo a los planteamientos militares previos. Y repito, hablo de 1000 años, remitiéndome a los hechos. El cambio, pues, que se debe ofertar a la población administrada, ha de ser convincente, explicando la historia no oficial y con mayúsculas. Lo contrario es admitir la falsedad y autocomplacencia de quien gobierna y volver a enseñar la religión católica como la única y verdadera.

Y claro, llegados a este punto ¿quién mejor para gobernar que quien rige y preside el lanzamiento de esta nueva y gran España? ¿Pero es que admitiendo la verdad oficial de quien gobierna puede darse salida diferente a la que éste proyecta? Si ni siquiera se pone en duda la verdad oficial (y me estoy refiriendo a la cuestión política concretamente), se está admitiendo que la clase social gobernada no entiende de nuevos planteamientos y que es mejor mantenerla en su ignorancia.

Quien controló y controla los resortes del régimen, postergando voluntades a uno u otro momento coyuntural, con uno u otro aspecto de permisión, siempre lo hizo y sigue haciéndolo dentro de los cauces de su control. Recuerdo al respecto de una frase de Serrano Suñer como Ministro de Asuntos Exteriores de Franco, que se vanaglorió de que en España no existía opresión, porque existía libertad de pensamiento. Era cuando se obligaba a los periódicos a llenar cuatro páginas de deportes.

Hoy han cambiado los métodos pero no los fines. El régimen mantiene al partido gobernante como el primer empresario directo, de lo que se puede deducir la correspondiente consecuencia. Los periódicos llenan más hojas, y basta con la autocensura de colaboradores bien colocados. Se puede escribir lo que se quiera, pero se impide que llegue en igualdad de condiciones a los administrados que se desea. El hoy llamado “ciudadano” nunca ha estado más controlado económica y administrativamente.

El Poder (el PP en este caso) es el primer empresario directo y ello le hace crecer y renovarse sobre sí mismo. El ciudadano de a pié y el pueblo liso y llano saben y deducen lo que es lógico. Sin renovaciones profundas seguirá mandando la opción del partido ejerciente y seguiremos gobernados por el mismo sistema. No es nada extraño que, ante la perspectiva  de votar al original o al sucedáneo (y sin obviar la influencia de los medios de comunicación), el ciudadano aceptará antes y de nuevo al original. Que cada uno saque sus conclusiones.

         Nabarralde