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 25/10/03 |

J. Ibarzabal - Licenciado en Derecho y Ciencias Económicas
El pensamiento identitario, algo más que un sentimiento

Las referencias al pensamiento identitario, a la identidad de los pueblos y colectivos, y concretamente a la identidad o pluralidad de identidades en Euskal Herria, son cada vez más frecuentes. Algunos expresan este sentido de la identidad de forma simbólica, y equiparan Euskal Herria a un archipiélago, hablan de las ciudades vascas, de estar en ninguna parte y de estar en todas. La perspectiva territorial determina en gran parte el sentido de identidad. Bajo la perspectiva de un territorio vasco de 20.947 kilómetros cuadrados, compuesto por siete provincias ubicadas actualmente en los estados español y francés, la identidad envolvente sería la vasca, complementada por minorías nacionales a respetar (española, francesa, gallega, andaluza...). Por el contrario, bajo la perspectiva de los territorios francés y español, las identidades prioritarias serían la francesa y la española, y las minorías nacionales la bretona, la corsa, la vasca, la catalana, la gallega...

El pensamiento identitario es un sentimiento, una emoción, pero también es una toma de conciencia, una opinión, con un fuerte contenido filosófico y político. El problema de la identidad está íntimamente ligado con la esencia de las cosas. La identidad es uno de los principios del pensamiento más importantes («lo que es, es») y, junto con otros principios básicos evidentes (de contradicción de inducción, lo que resulte de una proposición verdadera es verdad), nos permiten pensar acertadamente para adquirir un conocimiento verdadero. La esencia es lo que permanece cuando se producen los cambios accidentales, y lo que hace que una cosa sea lo que es.

A lo largo de la historia de la Filosofía, el principio de la identidad ha sido aceptado, salvo por los embates del empirismo, que tiene su máximo exponente en el escepticismo de Hume (1711-1776). Pero es a partir de Nietzsche (1844-1900) cuando el pensamiento identitario entra en barrena. Su pensamiento radicalmente horizontal es el pensamiento de la diferencia, no el de la identidad. La sacudida de Nietzsche al pensamiento clásico racionalista marca los derroteros de la Filosofía occidental del siglo XX. El pensamiento de la diferencia muestra su carácter heterogéneo, frente al carácter homogéneo del pensamiento de identidad, la negación de la esencia, del significado de la Historia...

¿Cómo compaginar el pensamiento de la diferencia, negadora de la identidad, y el hecho de que sea precisamente la recuperación de las raíces de las señas de identidad (cultura, idioma, tradiciones...) el fundamento básico de las reivindicaciones de las naciones sin estado? Negar la identidad como sustrato natural de las reivindicaciones, en base a la «mala prensa» que este principio ha tenido en prácticamente todas las corrientes del pensamiento contemporáneo, sería negar una proposición de sentido común, cuyo significado es entendido por todos, es popular.

Quizá lo adecuado sea apostar por un pensamiento identitario que congenie las exigencias polares de la identidad y de la diferencia. Ambos términos compatibles y susceptibles de ser sustancializados, lo que hace factible, por ejemplo, fijar los atributos esenciales que determinan la identidad de Euskal Herria y, a su vez, establecer las diferencias con otros colectivos.

Hay una evidencia empírica de la existencia de estas señas de identidad que se manifiesta en el término Euskal Herria (o Reino de Navarra o País Vasco o Vascongadas-Navarra-Iparralde). Y esa evidencia empírica no es precisamente de ayer. Según se recoge en el libro de Ramón Menéndez Pidal "España y su Historia", tomo II, ediciones Minotauro, páginas 344-345, el rey navarro Sancho III el Mayor (1000-1035) «reparte sus estados entre sus cuatro hijos, apareciendo como uno de los más audaces estadistas estructuradores de fronteras y de pueblos, dejando al primogénito García el solar de la dinastía, el antiguo reino de Navarra, homogéneamente vascón por su lengua».

A pesar de los diversos cambios que se han producido en el significado del término Euskal Herria o sus equivalentes a lo largo de la historia, no es descabellado pensar que su esencia-identidad se ha mantenido. Parece legítimo pensar que hechos históricos, como el Reino de Navarra, los fueros, el pase foral, la desaparición de los fueros en Iparralde en 1789, las guerras carlistas, la guerra civil española, el actual conflicto entre Euskal Herria y los estados francés y español, configuran una cadena que muestra que no ha habido una ruptura histórica en las demandas tradicionales de libertad para nuestro pueblo, sino más bien una continuidad coherente. El nexo de unión moral de las siete provincias durante las peripecias históricas de los últimos diez siglos (unión personal de las vascongadas con el Reino de Castilla, invasión y extinción del Reino de Navarra, Revolución Francesa y pérdida de los fueros para Iparralde...), ha sido su conciencia de pertenecer al Reino de Navarra (Euskal Herria) y de tener unas señas de identidad cuya máxima expresión es el euskera.

Vemos que el pensamiento identitario no es sólo un sentimiento, sino que tiene una base filosófica firme, al menos en el caso del País Vasco. Base que justifica la reivindicación política del Estado soberano, independiente, moderno de Euskal Herria, fruto no de la casualidad, del impulso emotivo del momento, sino de la causalidad histórica. Estado que debería ocuparse activamente del bienestar de los ciudadanos, impulsando su calidad de vida y la protección social, mediante la aplicación de un socialismo identitario.

Esta reivindicación política de la configuración de un estado soberano-independiente basado en el binomio identidad-diferencia, como dos caras de una misma moneda identitaria, puede servir de base a las reivindicaciones de las naciones sin estado frente a los defensores de la supervivencia de los estados mastodónticos. -

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