Nos
conformamos con poco ¿Merecemos más?
Luis María Martínez Gárate (Ingeniero de Telecomunicaciones)
Acaba
de estrenarse la película Julio Medem “La pelota vasca: la piel contra la
piedra”. Es una película bien hecha desde el punto de vista cinematográfico:
imagen, montaje, sonido... Su autor, al parecer, se confiesa sin complejos como
vasco-español.
Acostumbrados
como estamos a que la desfigurada, tendenciosa, delirante y demagógica visión
e interpretación que se ofrece desde los medios de comunicación españoles de
nuestra realidad sea la habitual, recibir un mensaje honesto, producido con una
enorme dosis de buena voluntad a la que se une una impecable realización,
resulta, en principio, consolador.
No
obstante, sigue siendo una visión española. Su autor ha pretendido, repito,
con honradez, dar cabida en sus múltiples niveles de diálogo, a todas las
visiones de nuestra historia, a todas las ideologías que la interpretan, a
todas las opciones políticas que se expresan en los medios de comunicación, a
todos los que sufren en la dura coyuntura actual.
No
obstante, pienso que nos conformamos con poco. En la complicada y crítica
situación presente debemos afrontar el reto de exponer claramente y sin
complejos nuestra realidad de dominación y denunciar la perversa tergiversación
que se realiza en los medios de comunicación de los estados dominantes de
conceptos políticos, tan serios y valiosos universalmente, como los de
libertad, democracia y autodeterminación.
Nuestra
historia no es algo sujeto a las exigencias de determinadas veleidades ideológicas
del nacionalismo, concretado aquí y ahora en el dúo hispano-francés. Es una
realidad comprobable mediante el acceso a la documentación correspondiente.
Nuestros antepasados no fueron ajenos a la dinámica general del entorno
europeo. Nuestra realidad está basada en un pueblo que en la alta Edad Media se
constituye en una organización política, que, en su origen, se reclama
heredera de la estructura local del Imperio romano; una organización que en el
siglo XII, como la mayor parte de las de su entorno, se erige en Estado: el
reino de Navarra. Este pueblo, a diferencia de los de su contexto, germánicos
en su mayoría, era autóctono de muchos siglos atrás, con una lengua propia,
todavía viva, que así lo atestigua.
La
sucesivas etapas de conquista y minorización, que culminan en 1789 por parte
del Estado francés y 1841-1876 por parte del español, se producen sin aceptación
por parte de los dominados, manifestándose con crudeza tanto en múltiples
situaciones de oposición violenta y bélica como en una continua resistencia
pasiva.
El
resultado de tal proceso ha generado una sociedad que, actualmente, además de
sometida está acomplejada. En la película de Medem escuchamos hasta la
saciedad, por parte de personas que se autodefinen como defensores de una política
vasca, que “somos un pueblo pequeño” o “un país sin Estado”. Ambas
afirmaciones sólo se explican por la enorme carencia de autoestima y por una
minorización que, una vez aceptada, se convierte en acomplejamiento.
No
somos un pueblo “pequeño”. En Europa (y en el mundo en general) hay muchos
pueblos que tienen reconocida su existencia y garantizada su supervivencia, que
tienen mucha menor extensión y población que el nuestro. No somos un país
“sin Estado”, sino un país al que se la ha arrebatado su Estado mediante
reiterados e injustos procedimientos de conquista.
Sucede
algo semejante cuando, desde la actual CFN, se habla del “viejo Reyno”, con
esa “y” que le confiere un aire trasnochado y rancio, sobre todo unida al
calificativo de “viejo”. Puede ser un reino viejo en cuanto que es antigua
su fundación, pero su vigencia en cuanto Estado europeo es de una enorme
actualidad.
Los
constructores de los más puros estados étnicos de Europa, España y Francia,
quieren hacer comulgar con el concepto de “etnicidad” a los ciudadanos de un
Estado que desde muy pronto se caracterizó por prácticas de una modernidad
inusitada en su época. La jurisdicción territorial, con el paso del reino de
Pamplona a reino de Navarra en el siglo XII, la organización política y económica
del Estado o el estatus de convivencia entre los grupos de diverso origen o las
distintas religiones en su seno, producen una organización política que se
podrá denominar como se quiera, pero nunca étnica.
Los
nacionalismos francés y español y sus reiteradas apelaciones a su
“indestructible unidad” están basados en sendas comunidades étnico-lingüísticas,
que no reconocen ningún principio de diversidad o pluralidad. Es un sarcasmo
que la patria de la inquisición, de la expulsión de judíos, moros y moriscos
apelando a la “limpieza de sangre”, de la conquista y aniquilamiento de los
pueblos y naciones de América o de la nuestra propia, nos quiera “vender la
moto” del patriotismo constitucional.
El
auténtico patriotismo constitucional es el que ofrece nuestro Estado, el
navarro, con su trayectoria de siglos y capacidad de ejercer de vanguardia en
momentos clave, como el del Renacimiento, a través de la corte de nuestra
Margarita en Pau o el del primer edicto de tolerancia religiosa en Europa, el de
Nantes de 1598, dado por nuestro Enrique III (IV de Francia).
Navarra,
desde el punto de vista político, es sinónimo de Estado constitucional, democrático
y laico. Navarra, el Estado de todos los vascos, es el instrumento y soporte de
una organización política que, en Europa, es capaz de garantizar eficazmente
los derechos individuales y colectivos de todos los ciudadanos de este país.
En
mi opinión la Historia es una base para aproximarnos al conocimiento de nuestra
realidad, tanto en sus aspectos positivos, con nuestros aportes de todo tipo al
acervo universal, como negativos, para superar democráticamente las situaciones
en que se han producido. Pero que en todo caso debe servir para reforzar nuestra
autoestima y afianzar nuestro compromiso político para lograr su consecución.
En
el actual conflicto, la posición democrática es la que se esfuerza por
recuperar el estado propio. Es la posición que lucha por la libertad. Por eso
digo que nos conformamos con poco. La película de Medem está bien, pero
tenemos que hacer nuestra “película”. Esta es la que puede superar el mito
de “las dos comunidades”, que tanto se empeñan en crear y azuzar los
nacionalistas hispanos. Es la opción que puede superar tanto los reales
nacionalismos étnicos hispano-francés, como el supuesto nacionalismo étnico
atribuido al regionalismo vascongado.
Esta
“película” exige que todos nosotros, los que sintamos este proyecto como
ilusionante y real, seamos actores en primera persona, del singular y del
plural, y que movilicemos en su consecución todas nuestras fuerzas. La situación
es crítica y nuestra responsabilidad enorme. La ilusión y la buena voluntad
son necesarias pero no suficientes. En la compleja y delicada realidad actual
hace falta hilar muy fino para realizar una práctica política correcta. No
debemos minusvalorar la capacidad de nuestros ocupantes, ya que son inteligentes
y tienen casi el monopolio de todos los recursos y medios, comenzando por los de
comunicación. Nosotros tenemos la fuerza que nos da la razón. Hemos de
encontrar, entre todos y en un debate abierto y democrático, la estrategia que
nos conduzca a la recuperación de nuestro Estado. Esta es la única opción
democrática que garantiza nuestra supervivencia estable y que colabora a la
construcción de una Europa y un Planeta más justos y equilibrados.
Si
nos conformamos con lo hecho, repito de nuevo, con toda honradez y calidad, por
Julio Medem ¿merecemos más que reproducir la triste situación actual? Si no
aspiramos a una “película” más ambiciosa, pero real y posible, por democrática,
permaneceremos en la vía del sometimiento que, en un plazo más o menos largo,
es la de la desaparición.