Territorialidad y territorios en Euskal Herria 

Tomás Urzainqui Mina

 1.- Presentar y analizar las diversas lecturas e interpretaciones de las sucesivas conformaciones político-administrativas de Euskal Herria en su proceso histórico.

            Para poder hablar sobre esta cuestión de la territorialidad, es preciso que, previamente, se abandonen las perspectivas interesadas, y preeminentes, de los discursos historiográficos pertenecientes a los ámbitos académicos de los Estados dominantes, español y francés. Una vez hecho esto podremos entrar en materia.

            En el transcurso de su proceso histórico la sociedad de Euskal Herria ha tenido, por un lado, su propia potencia política estatal, unificadora y soberana, encarnada en Navarra, con independencia respecto a los demás Estados europeos; y, por otro lado, ha padecido un efecto particionista, disgregador y separador, a manos del expansionismo de los Estados gran-nacionales vecinos. Estos últimos siempre han buscado un virtual y tergiversado discurso histórico, que oculte el autoritarismo de su sistema jurídico-político usurpador y que justifique su dominación ciertamente étnica.

En el caso de Vasconia, además de su permanencia cultural y lingüística, es perfectamente clara la existencia de una continuidad entre la realidad social y política que había antes de la llegada de los romanos y la que emerge, no sin cambios, tras el derrumbe del Imperio y que con el Estado europeo de Navarra llegará hasta el inicio de la época contemporanea. Dicha situación no se encuentra en el resto de Europa, pues los demás pueblos europeos surgen  tras las invasiones bárbaras sin conexión con las poblaciones anteriores, o más bien, tras su romanización completa, dominándolas.

            Existe documentación suficiente donde se testimonia de manera inequívoca  que en el ámbito de Vasconia, siglos V al VIII,  después como Reino de Pamplona y luego de Navarra, siglos IX al XIX, siempre se ha mantenido una conciencia de la territorialidad, centralidad, legitimidad, legalidad y unidad política propia con respecto a los otros países europeos. Aunque todo ello es negado y obviado tras las conquistas de los siglos XII, XVI y XVII por los Estados dominadores y su cultura imperialista.

Para la época que va del siglo V al VIII no sólo proporcionan informaciones las fuentes documentales de los ámbitos políticos circunvecinos, fundamentalmente del Reino de los francos y también del de los visigodos, sino las fuentes internas tanto textuales como arqueológicas.

            Sobre la divergente interpretación de la unidad territorial, o política, se han ido configurando en resumen tres corrientes historiográficas fundamentales: la española, la vascongada y la navarra. Sin que tampoco falten las posturas intermedias y las de los de siempre que no se atreven a desentonar mucho de la versión virtual y “oficial”, sustentada por el Poder.

            La versión española: no solamente niega interesadamente la unidad política interna de la tierra  vasca, sino que además cuestiona y niega la existencia de Navarra como Estado europeo soberano de los vascos. Dicho planteamiento tergiversador sostiene como base que la legitimidad política, a nivel peninsular, únicamente la tiene Castilla, monopolizando el concepto geográfico de España, y que la unidad política de la península existe prácticamente desde siempre; para apoyar dichas afirmaciones buscan falsificados antecedentes en los celtíberos, los romanos, los visigodos y los reinos medievales. Por otro lado, el origen de Navarra lo sitúan en una condición falsa de «reino medieval hispano», supuestamente supeditado a León y Castilla. Los historiadores españoles que defienden esta interpretación son, entre otros: Claudio Sánchez Albornoz, Justo Pérez Urbel, Ramón Menéndez Pidal, Ángel García Cortázar, Ángel Martín Duque, etc.

            La interpretación vascongada: oculta que haya habido unidad política de la tierra de Euskal Herria y niega que Navarra haya sido la estructura política de todos los vascos. Sostiene, por el contrario, una fantástica época de independencia propia de cada territorio histórico que concluiría en el establecimiento de un pacto, de igual a igual, expreso o tácito, con el rey de Castilla. Sin embargo, es preciso hacer constar que el origen de esa interpretación es estrictamente político. Tenían que mantener el «status quo» jurídico-político, aunque fuese más o menos supeditado al poder de Castilla; para ello no podían decir que eran Navarra, pues hacerlo suponía alta traición para la Corona de Castilla; asímismo eran conscientes de la imposibilidad del pacto si se reconocía la conquista, y entonces, sin faltar básicamente a la verdad, afirmaron que antes de 1200 eran independientes y que, en esta fecha, como fundamento político, habían pactado de igual a igual con Castilla. Los autores más conocidos que han mantenido esta interpretación de la Vasconia partida son: Novia de Salcedo, Labairu, Gorosabel, Arana, etc.

            Ha surgido en la actualidad una corriente neovascongada, que aún reconociendo que antes de 1200 Araba, Bizkaia y Gipuzkoa eran Navarra, sin embargo son de la opinión de que las relaciones de dichos territorios con Castilla tras la conquista y anexión inclinan a pensar en un consentimiento que va generando en la práctica un estatus pactado. Frente a ellos son cada vez más los que denuncian estas falsas  interpretaciones como castellanistas, voluntaristas, entreguistas, presentistas y pactistas.

        Asimismo los “juristas” neoforalistas, autonomistas y estatutistas, de espaldas a planteamientos verdaderamente científicos y empíricos, sostienen que  existen grandes coincidencias en el derecho foral de los distintos territorios llamados históricos, pero que no constituyen a un Derecho único y común a toda la territorialidad, para concluir afirmando que nunca ha habido unidad política y jurídica en todo el territorio, lo que es absolutamente erróneo. Argumentan que casualmente los vascos de las distintas provincias tienen derechos forales parecidos, pero aparentan no saber a qué es debido, como si fueran efecto de algo natural o quizás genético. Olvidan que también en la lengua los dialectos son siempre posteriores a la misma y no al revés. Igual ocurre aquí con el Derecho único, pirenaico o navarro, que se fractura por las conquistas en variantes locales.

            El eco de los sucesos acaecidos alrededor del año 1200 ha emergido periódicamente a lo largo de la historia hasta hoy en día. Algo parecido a lo que sucede con 1.512 en la Navarra oriental. Sobre todo coincidiendo con los momentos críticos de grandes convulsiones geopolíticas: así en las tensiones surgidas  a partir del siglo XVIII en los territorios occidentales de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa con España; en la guerra de la Convención a partir de 1789 para obtener el reconocimiento por Francia y en la defensa de las instituciones forales durante los siglos XIX y XX frente al absorcionismo español; hoy  también vuelve a surgir el recuerdo de la conquista, mal interpretado como entrega voluntaria y pacto, a manos de la historiografía española, pero para encontrar argumento justificativo a los llamados derechos históricos y al autonomismo constitucionales.

            La constatación de la realidad navarra: por el contrario, mantiene con mayor o menor insistencia que el Reino de Navarra es un Estado europeo, el único que han tenido los vascos. Navarra fue el Reino vasco. La unidad política vasca es Navarra. Así lo prueban los testimonios de carácter jurídico-político, con la constatación de las tenencias navarras presentes durante los siglos X, XI y XII en los actuales territorios de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y La Rioja, y la territorialidad de los tratados internacionales de 1016, 1127 y el Laudo Arbitral de Londres de 1177, llegando sus aguas marítimas en 1190, según la documentación existente, hasta Castro Urdiales. Las leyes y fueros que recogen la condición de navarros de dichos territorios. Los libros de viajes que reflejan que los habitantes eran navarros, como los de Aimeric Picaud en 1.134 y Benjamín de Tudela en 1.170. Los textos de los historiadores cercanos a dichas conquistas, entre otros, Annelier y Ximenez de Rada. Esta interpretación la sostienen autores como Arnald Ohienart, José Moret Mendi, Arturo Campión, Anacleto Ortueta José Mª Lacarra, Antonio Ubieto Arteta, Ildefonso Gurruchaga y Pierre Narbaitz.

            Sobre la valoración resumida de los hechos ocurridos en el año 1200, estas tres corrientes también discrepan en lo siguiente:

            Para la interpretación española, ocultando lo que dicen sus propias fuentes contemporáneas, que informaban de la conquista, se trataría de la voluntaria entrega de unas supuestas  provincias vascas al Rey de Castilla. Para la vascongada, de un pacto entre iguales ya original ya tácitamente surgido en la práctica, que sería la base del régimen foral. Para la navarra, de conformidad con las fuentes tanto documentales como materiales, fue una invasión, conquista y ocupación militar, jamás consentida por Navarra.

            Siglos de implacable manipulación de la memoria colectiva y de permanente violencia cultural, nos han atado a la impostura de la tergiversación histórica oficial. Por eso es tan costoso lograr la desintoxicación de patrañas como la «voluntaria entrega». Se han escondido meticulosamente las acciones de la sistemática conquista, ocupación, nacionicidio, lingüicidio y asimilación premeditadas, no siendo de recibo los planteamientos que pretenden la justificación de todo ello. Ocultar la realidad de la Vasconia tardo antigua, de la Galia Comata o del Reino de Pamplona/Navarra, y defender las puntuales incursiones de Asturias-León y de su Condado de Castilla como base de una supuesta alternancia de poderes, no tiene base documental seria. Se han utilizado como pruebas documentos falsificados tiempo después, o interpretaciones erróneas de sus crónicas.

        Sostener la existencia de dos comunidades es una dicotomía infernal. No podemos seccionarnos y segregarnos, ni individual ni colectivamente, entre vascos y navarros. «Navarro» es ante todo un concepto jurídico-político. En el Codex Calixtinus (1.134) se denomina navarros a los habitantes de Araba, Bizkaia y Nájera hasta pasados los bosques de los montes de Oca, después de los cuales (Atapuerca) comienza «Hispania». En las alegaciones al Laudo Arbitral de Londres de 1177, se constata «la fidelidad manifiesta de sus moradores naturales» al rey de Navarra. A partir de la conquista del año 1200 reivindicar ser navarro y no castellano, en los territorios conquistados, era castigado como alta traición por el Rey de Castilla. Desde la sociedad propia todos los vascos somos políticamente navarros y todos los navarros somos culturalmente vascos. Son dos caras de la misma moneda.

 

           

2.- Exponer y comparar las formas plurales en que hoy los ciudadanos de estos territorios perciben y tienen conciencia de su manera de pertenecer y ser pueblo vasco.

            Las formas de percepción que tiene la sociedad vasca sobre sí misma se hallan íntimamente relacionadas con la inconsciente subordinación, sumisión y dominación de que es víctima, más la carga añadida de que en gran medida ni tan siquiera se da cuenta  de que es cómplice de ello, con gran regocijo  y sosiego para los dominadores que ven así el éxito de su subterfugio, mediante la, permanentemente aplicada, ocultación y negación de la nación dominada.

            Así la actual visión que los ciudadanos tienen de su pertenencia a esta sociedad no es homogénea ni tiene porque coincidir con las situaciones que históricamente han ido realmente ocurriendo.

            Cuando a lo largo del siglo XVI y comienzos del XVII los autores de los primeros libros en euskera reflejan su pertenencia a la comunidad lingüística de Euskal Herria, lo hacen en, y desde, el ámbito del Estado propio todavía soberano de Navarra, dejando constancia de vivir en esa realidad sociopolítica.

Y al mismo tiempo en la Navarra occidental y marítima, resto del país ya ocupado y subordinado, nada menos que la nobleza “vascongada”, aparentemente sumisa al rey de España -Carlos I o Felipe II-, satisface el deseo de hacer sus sepulturas en el Panteón Real navarro de Nájera, donde reconstruyen en estilo renacentista el Monasterio y las tumbas reales navarras, colocando en todos los puntos preeminentes  el escudo real completo del Estado pirenaico de Navarra, con Foix, Bearne y Labrit; el mismo de los contemporáneos soberanos navarros Enrique II, Juana de Labrit o Enrique III, a los que el rey español coetáneo tenía como  a sus mayores enemigos.

 

            Ante estos, y otros muchos ejemplos, qué decir sobre la fabricada imagen virtual, bendecida por los Estados invasores, de un país supuestamente sin Estado, dirigido y desmemoriado, reducido al tipismo folklórico.

 

            No se debe confundir un supuesto pluralismo territorial con los efectos de la ignorancia y la manipulación. Además, jamás las adscripciones particionistas “provinciales” han alcanzado la naturaleza de identidades colectivas nacionales. La sociedad navarra/vasca se muestra espontáneamente  plural en temas como la lengua, la religión, la política y abierta a la interculturalidad; pero a esto no se debe unir la forzada división territorial jurídico administrativa, que sólo obedece a la arquitectura impuesta, española y francesa.

            Los eufemismos de estar como “navarro-español”, “navarro-francés”, “vasco-español” o “vasco-francés”, no pasan de ser constructos que quieren imponer lo imposible y obviar lo evidente. Según el cual los navarros/vascos tendrían que tener dos identidades en una sola, pero en cambio, y a la recíproca, ni los españoles ni los franceses tienen que ser también navarros, vascos o navarro/vascos.

            Dichos eufemismos encierran única y exclusivamente la voluntad de negación a la realidad de la sociedad navarra/vasca.

            Existe la forma culturalista, y sobre todo lingüística, también étnica, como en las demás naciones, de sentirse pertenecer al pueblo vasco. Muy importante para la recuperación y defensa del euskera, pero que resulta inadecuada e insuficiente para la liberación de esta sociedad aplastada por las sociedades española y francesa. Pues evidentemente la subordinación no se limita al ámbito lingüístico (lingüicidio), sino que abarca a la existencia política propia, estatal, legitimidad, soberanía, democracia, desmantelamiento institucional, al expolio económico, tributario, patrimonial, suplantación y tergiversación histórica, eliminación y desvirtuación de símbolos, humillaciones, minorización, primitivización, marginación, autoritarismo, ocultamiento, negación de la realidad, nacionicidio, etc.

            La insolente, y autoritaria, pretensión de imponer el modelo virtual de cómo han de ser los vascos desde la prepotente intelectualidad española y francesa, especialmente la primera, es fruto de su vergonzante nacionalismo étnico, con pretensiones de liberal y universal. El neoliberalismo de estas gentes, más bien neoconservadurismo, entiende la globalización como la sublimación a nivel hegemónico universal de su lengua y de su destino, en perjuicio de las demás naciones que no predican ese providencialismo.

 

3.- Exponer y averiguar aspectos positivos y negativos para la cultura, lengua y personalidad de Euskal Herria, en un proceso unificador de la realidad jurídico-administrativa de los distintos territorios vascos actuales.

            En primer lugar, es necesario dejar bien claro que la recuperación de la soberanía por la sociedad navarra/vasca, dominada por los Estados español y francés, se debe hallar en otro nivel diferente con respecto a la cultura, lengua y personalidad colectiva de dicha sociedad; pues la verdadera defensa, y ejercicio, de estos, y otros, derechos está íntimamente relacionada con la existencia de la soberanía social en la estatalidad  propia.

            La negación del reconocimiento de la soberanía social de Navarra/Euskal Herria es la que tiene realmente efectos perjudiciales para todos los derechos individuales y colectivos, entre ellos los culturales y lingüísticos.

            Como ya se ha expuesto anteriormente, la partición jurídico-administrativa en los llamados territorios históricos, no es una consecuencia inmanente de la propia sociedad navarra/vasca, ni una división originaria y natural, sino todo lo contrario, se trata de un troceado hecho por los conquistadores españoles y franceses sobre la territorialidad navarra de forma consciente y premeditada, no es fruto de la ingenuidad o la candidez precisamente.

            Por ello, la soberanía territorial de la sociedad navarra/vasca es la única solución posible y realista; lo contrario, admitir, condescender, consentir en la actual partición territorial es consolidar la subordinación, dominación y dependencia también de la lengua, cultura y personalidad de Euskal Herria.

            Más que de un proceso unificador de los territorios se debería hablar de un proceso de liberación social soberanista, ya que la causa de la desunión está en la falta de soberanía de esta sociedad, pues ésta se halla por encima de las parcelaciones territoriales impuestas por los Estados dominadores.

Los Estados gran-nacionales, llamados “plurinacionales”, están perdiendo autonomía en su interior con respecto al exterior, lo que va también especialmente en contra de las autonomías descentralizadas insertas en ellos, mientras que dichos Estados están ganando soberanía exterior  fruto de la cooperación con los demás Estados. Esto tiene efectos inmediatos sobre nuestra sociedad dominada que se ve paulatinamente más constreñida  a través de la minimización en la autonomía jurídico-administrativa y sobre todo en su soberanía social  propia.

Europa conseguirá contribuir decisivamente a la paz mundial, y a otros beneficios generales para la humanidad, en la medida que vaya liberándose de la influencia de sus Estados grannacionales esencialistas, autoritarios, providencialistas, étnico-hegemonistas, arbitrarios, inmersos en la confusión de poderes y en la “Razón de Estado”; en beneficio de los Estados nacionales de Derecho, con separación de poderes, abiertos, libres, democráticos, cosmopolitas, interculturales, basados en la soberanía social y civil. Evidentemente, estos últimos son los Estados realmente europeistas; mientras que los otros son nacionalistas expansionistas y en la práctica euroescépticos,  suponen una rémora para Europa, a la que además supeditan al “amigo americano”.

 

                                                                                    Tomás Urzainqui Mina

 

 

BIBLIOGRAFÍA DEL AUTOR SOBRE LA TERRITORIALIDAD:

1.- “El Derecho Vasco en la encrucijada europea”. XI Congreso de Estudios Vascos, Eusko Ikaskuntza. Donostia 1.991.

2.- “Navarra y el concepto jurídico de un Estado de Derecho”, Pregón siglo XXI nº 8 año IV, Pamplona 1.996.

3.- “La Territorialidad de un Estado europeo”. Jornadas organizadas por la Fundación Sabino Arana sobre  100 años de Historia ..., Vitoria-Gastéiz, Bilbao 1.998.

4.- “La Navarra marítima”. Pamiela, Pamplona-Iruña 1.998.

5.- “Sociedad política/comunidad cultural: Navarra/Euskal Herria. Por el soberanismo al Estado-nacional” hika nº 90, junio, Bilbo 1.998.

6.- “Navarra, el estado vasco” Herria 2000 Eliza, nº 161, Bilbo 1.999

7.- “Aproximación a la formación territorial” 700 años fundación de Bilbao, Boletín nº 27, Ipes, Bilbao 2000.

8.- “De la inanidad de las autonomías a la soberana del Estado propio”. Herria 2000 Eliza, nº 170, Bilbo 2000.

9.- “Navarra el regreso de un Estado europeo”. XV Congreso de Estudios Vascos- Eusko Ikaskuntza. Donostia 2001.

10.- “El rapto de un Estado. La historia negada de la nación navarra” zazpika, nº 121. Iruñea 2001.

11.- “La cultura política estatal d´Euskal Herria” L´Avenç, nº 258, Barcelona 2001.

12.- “La territorialidad del Estado navarro”, Irujo Etxea Elkartea. Estella 2001.

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14.- “Navarra sin fronteras impuestas”. Pamiela,  Pamplona-Iruña 2002.

 

Herria 2000 Eliza, urteurrena 25

2003-6-21, Bilbo 

FORO IV

Nabarralde