Un mundo más inseguro

Mikel Sorauren de Gracia

El optimismo del que dio muestras Francis Fukuyama a la caída del Muro de Berlín, cuando proclamó el Fin de la Historia, parece no confirmarse. A decir verdad, resulta muy difícil equiparar los sistemas políticos y económicos del momento presente con el Liberalismo de Benjamín Constant y el Capitalismo de Adam Smith. La preocupación de Adam Smith era conseguir la competencia perfecta mediante el triunfo de las empresas más competitivas, mientras que la competitividad en nuestra época se encuentra representada por las empresas multinacionales, que consiguen la perfección en este terreno mediante la imposición de prácticas monopolísticas. En el terreno de lo político, el liberalismo de principios del siglo XIX se preocupaba principalmente de que la división de poderes funcionara con fluidez y de que los gobiernos –ejecutivos- estuviesen controlados e impedidos de imponer su criterio a los parlamentos y judicatura. En la actualidad, los gobiernos actúan autoritariamente y, desde el control efectivo del poder, hacen callar a los parlamentos e imponen a los jueces sus criterios.

El capitalismo de tendencias monopolistas de las multinacionales se muestra como un monstruo dispuesto a engullir toda la capacidad creativa y espíritu de iniciativa que pueda aparecer y surgir en los países de economías menos avanzadas de todo el mundo. Las grandes potencias mundiales –sedes de las multinacionales- se yerguen amenazadoras frente a los Estados menos poderosos de todos los continentes. Tales potencias imponen condiciones leoninas  por su colaboración económica y no ofrecen otra perspectiva en el plano económico que el saqueo de los recursos y explotación hasta el límite de la fuerza de trabajo de los países menos poderosos. Por lo que se refiere a los sistemas parlamentarios –la democracia occidental- su aplicación a los países pobres se reduce al ritual de las elecciones. Éstas suelen dar el triunfo a las oligarquías locales que, normalmente, se someten a los dictados de los países poderosos y facilitan la expoliación de los recursos del propio país y la miseria de sus connacionales. En el caso de que triunfe electoralmente alguna propuesta reivindicadora de la independencia nacional frente a las grandes potencias, que reclame igualmente la solución de los graves problemas nacionales, como son el hambre, la sanidad o la educación de las masas, las presiones de los Estados poderosos, defensores de los intereses de sus multinacionales, se encargarán de hacer comprender a los nuevos gobernantes que tomen en consideración los puntos de vista de los fuertes.

La propuesta de Fukuyama resulta reduccionista y poco atractiva para las aspiraciones de las sociedades  con menores posibilidades. En todos los rincones de la Tierra se aspira a participar de la riqueza mundial, canalizada en beneficio de los países avanzados. Dos manifestaciones de esta aspiración vienen representadas por la emigración y el enfrentamiento con el mundo desarrollado, particularmente con quien ejerce el liderazgo en éste, Estados Unidos de América.

El mundo árabe y musulmán se encuentra en la primera línea de esta confrontación. En el pasado reciente diversos líderes árabes pretendieron acaudillar el enfrentamiento. Nasser, Gadafi y el propio Sadam Hussein fueron derrotados en su intento de aglutinar a la Nación árabe. El fracaso de sus modelos modernizadores y laicos ha dado paso a la rebelión islámica. Ésta parece que ha obtenido mejores resultados, al aglutinar el sentimiento de rechazo a Occidente en la identidad del Islam, por encima de las diferencias étnicas y fronteras estatales. Al Qaeda constituye una organización que no se apoya en ninguna estructura estatal, sino en la base humana del conjunto de sociedades musulmanas. El mundo musulmán constituye un gran potencial humano al que no es razonable dar la espalda. Por el momento da la impresión de que Al Qaeda ha superado la persecución a que la tiene sometida U.S.A.  Su organización, basada en la comunidad islámica que desborda fronteras estatales, le permite mimetizarse a todo lo largo y ancho del mundo musulmán. Además resulta difícil definir sus límites en este entorno. Los musulmanes ven en ella una estructura que ataca eficazmente a un enemigo histórico –Occidente cristiano- que se ha impuesto implacablemente al Islam en los dos últimos siglos.

El posible fracaso de Bush, que empieza a perfilarse en Irak, hará que quienes se le han opuesto desde el mundo árabe y musulmán  terminen por aglutinar todo el furor existente en esa parte de la Tierra en contra de los occidentales. Al Qaeda y la resistencia irakí van a convertirse en referentes para el conjunto del mundo musulmán. Caso de que U.S.A. no consiga a medio plazo aniquilar la resistencia afgana y de Irak, el escenario que se nos presenta a nivel mundial es de un color muy negro. Da la impresión de que los sectores más conscientes de las elites norteamericanas no han calculado de manera adecuada los riesgos que corrían, al implicarse en la lucha contra el terrorismo islámico. Estas fuerzas no derrotadas ascenderán pronto como poder emergente, con el que habrá que contar, se quiera o no. Es inútil, y hasta necio, calificarlas de terroristas, como si con ello pudieran ser neutralizadas. Por el contrario, calificándolas de esta manera se las magnifica y se hacen más temibles.

Con todo, el presagio más oscuro que aparece en nuestro horizonte es la disolución de la política de seguridad colectiva. La ruptura es resultado de la actuación unilateral de Bush y sus aliados, dispuestos a imponer la política de hechos consumados a la comunidad internacional, buscando arrastrar a ésta a sus planteamientos. Tal situación recuerda, por muchas razones, a la política internacional que impuso Hitler en los años treinta. La particular percepción del líder nazi -bajo el pretexto del injusto trato de que había sido objeto Alemania en el Tratado de Versalles- llevó la inseguridad a toda Europa. Las potencias que deberían haberle contenido, Francia e Inglaterra, prefirieron el apaciguamiento, aunque éste significó el sacrificio de muchas naciones y millones de personas para, finalmente, desembocar en un conflicto de mayores dimensiones: la Segunda Guerra Mundial.

 En el momento actual el Israel de Sharon  y U.S.A. parecen  decididos a imponer su política, desbordando los débiles reparos que les puedan oponer sus timoratos congéneres occidentales de Europa. Israel en su progresiva agresión al pueblo palestino se encuentra abocado a una Solución final. Bush a una huída hacia adelante que le va a impedir la libertad de retirarse a tiempo. El potencial militar americano es eficaz en una guerra abierta; pretender hacer frente con el mismo a una resistencia solapada en la población llevará a crueles masacres de civiles y a nuevas agresiones a otros Estados soberanos. No se puede olvidar que el rechazo a la política americana y de su aliado israelí se encuentra muy arraigado en todos los habitantes de los territorios islámicos. El conflicto se va extendiendo por todo Oriente, próximo y menos próximo. Pronto puede saltar a Europa... y a América. Si las fuerzas islámicas de resistencia consiguiesen alcanzar estos dos últimos escenarios, podríamos llegar a una situación que se pareciese a la antesala de un conflicto militar abierto de grandes dimensiones. Movimientos revolucionarios islámicos podrían imponerse en Estados con gran potencial de destrucción masiva. De alcanzarse este punto, resulta difícil de creer que Occidente pudiera contener tal potencial, impulsado por tan gran frustración.

Nabarralde